Si nos paramos a pensar, todos podemos hacer una lista de las pelÃculas que nunca nos cansarÃamos de ver una y otra vez, aun conociendo el final, todas las escenas y la mayorÃa de los chistes. La primera vez que vi El Quinto Elemento, no pude fijarme en todas las pequeñas cosas que formaban parte del aparentemente infinito escenario de este futuro ficticio. Cigarros con el doble de filtro, camas que se hacen solas, coches voladores y hermosas camareras vestidas como en las visiones futuristas de los años 70 son el principio de una historia de acción, más que de ciencia ficción: pues las naves espaciales son pocas, pero tiros y explosiones hay de sobra.
Lo más sorprendente del filme, aparte del pelo naranja -y las supuestas cintas térmicas- de Leeloo (Milla Jovovich), el profetizado quinto elemento, es su tendencia a la autoparodia, lo que muchos tomarán erróneamente por humor facilón. Porque lo cierto es que El Quinto Elemento no sobrevivirá al paso del tiempo como un clásico de la ciencia ficción, ni lo busca: las retransmisiones radiofónicas de Ruby Rhod, la hortera opulencia del paraÃso Fhloston, la neblinosa base de los rascacielos de Nueva York, los mercenarios feos y estúpidos y el malo malÃsimo (que responde al nombre de Jean-Baptiste Emanuel Zorg), rastrero y consciente de su condición, entre un larguÃsimo etcétera, jamás intentan aparentar dignidad cinematográfica… ni mucho menos.

Luc Besson dirige un circo totalmente desorganizado, engendrado en la grandeza de los diseños del genial Moebius y muchas veces sacado directamente de escenas de su obra El Incal. Nos ofrece el inevitable choque entre el bien y el mal, defendidos uno y otro por tanta gente a la vez que el héroe (Bruce Willis) y el villano (Gary Oldman) ni siquiera llegan a encontrarse cara a cara. DistopÃa cómica sin ánimo moralista y cargada con un valor visual incuestionable, El Quinto Elemento no nos cuenta nada nuevo pero, si no de otra forma, sà con una relajante indiferencia que deja a cada uno ver lo que quiera en ella.