El Castillo de Barba Azul (B. Bartók) y Elektra (R. Strauss)
Palacio Euskalduna (Bilbao)
22 de Septiembre de 2007
Lo peor de todo lo que se vió el sábado en el Euskalduna es que quien menos lo merecÃa logró su objetivo: abucheo y titulares. Qué merecido habrÃa tenido el señor Peter Konwitschny un silencio absoluto, de esos que pesan como una losa y convierten en ridÃculo el saludo final. Pero claro, eso es difÃcil de lograr. Si uno se calla se arriesga a que prevalezcan los mÃnimos aplausos que siempre hay, bien por aprobación o por pasotismo. Mi respuesta al insulto escénico ofrecido es que no hablaré de la labor de este hombre, que tiene cosas buenas pero que se empeña en mezclarlas con provocaciones absurdas sin otro objetivo que el protagonismo personal. Sé que la repercusión de esto es absolutamente nula, pero es lo único que puedo hacer.
El inusual programa doble de esta apertura de temporada arrancó con un Castillo de Barba Azul de gran nivel. Ildiko Komlosi (Judith) y Alan Held (Barba Azul) se entregaron a sus roles de forma brillante, consiguiendo junto a Juanjo Mena y la Orquesta Sinfónica de Bilbao momentos de verdadera belleza. No es Barba Azul una ópera que me entusiasme, pero hay que reconocer que cuanto más se escucha más se disfrutan algunos de sus momentos, como la espectacular apertura de la quinta puerta o la música que acompaña la entrada de las tres esposas. La función contó además con una buena producción de Michal Znaniecki, que sumó el mérito de someterse a una economÃa de medios y espacio muy limitada por la necesidad de compartir noche con un cabeza de cartel. Cambiar a Barba Azul por un enfermo mental y a Judith por una enfermera de psiquiátrico algo desequilibrada es perfectamente válido, y demuestra que en la ópera se puede innovar sin ofender ni destruir.

El elenco vocal de la polémica Elektra mereció el protagonismo absoluto de la noche, pero mucho me temo que su labor quedará injustamente ensombrecida. Dentro del altÃsimo nivel general, la Elektra de Janice Baird acumuló el mayor número de peros. Sensacional en las partes más exigentes por arriba, con agudos impecables, pero prácticamente inaudible en la zona grave. Se notó especialmente en su primera escena, con un monólogo bastante discreto. A partir de entonces no hizo otra cosa que mejorar, estando realmente maravillosa en el pasaje lÃrico de su encuentro con Orestes. También se echó en falta una actuación escénica más entregada, particularmente en lo que se refiere a transmitir con el cuerpo, algo en lo que su compañera Angela Denoke (Chrysothemis) es toda una especialista. La Denoke estuvo impecable en todos los sentidos, con su exquisita voz habitual y con una interpretación perfecta que transmitió en todo momento la personalidad miedosa, dulce, infeliz y soñadora de su papel. Ejemplar la Klytämnestra de Reinhild Runkel, demostrada especialista en el rol con unas tablas envidiables y un poderÃo vocal sorprendente. Fue una vieja con color de vieja, con la maldad necesaria y hasta con toques cómicos sólo concebibles en esta producción. Alan Held doblaba la noche con un Orestes intachable, en el que pudo dar rienda suelta a sus dotes de actor expresivo, algo difÃcil en el reservado Barba Azul pero que muchos ya recordábamos de aquel genial Leporello de hace dos años. El marido de la Denoke, David Kuebler, firmó un correcto Egisto, y entre los comprimarios destacaron las voces de Mikeldi Atxalandabaso y Francisca Beaumont frente al espanto habitual e incomprensible de Alberto Feria. Juanjo Mena dirigió a la Orquesta Sinfónica de Bilbao con intensidad y mucho volúmen, tal vez demasiado, pero en cualquier caso logró una actuación sorprendente respecto al ensayo general y desde luego que a la altura de las circunstancias. No todos pueden decir lo mismo.
Tristan und Isolde (R. Wagner)
Teatro Campoamor (Oviedo)
15 de Septiembre de 2007
Me sentÃa incapaz de mover un solo músculo. Mi barbilla se habÃa aferrado fuertemente a la barandilla tapizada que me separaba, lejos, del escenario. Me dolÃa la mandÃbula de apretar los dientes durante tanto tiempo, pero no me importaba lo más mÃnimo. No podÃa moverme y tampoco querÃa hacerlo. TemÃa que cualquier cambio de postura rompiera la magia que se habÃa creado. A cualquier impertinencia habrÃa respondido con una bofetada, sin sentirme culpable ni un instante. Nadie tenÃa derecho a sacarme de ahÃ. La atmósfera era única. Todos los elementos que hacen de la ópera un espectáculo total se habÃan juntado para conseguirlo.
La escena, oscura, cobijaba a un Tristán colérico que morÃa enloquecido con la idea de volver a ver por un instante a la única mujer que le mantenÃa con vida. Una hora de agonÃa, de dolor, de locura y de nostalgia. Una hora de atletismo vocal indescriptible que me sumÃa en la experiencia musical más intensa de mi corta vida, por imperfecta que fuera. El liebstood final de Isolda pasó de ser una página bellÃsima a un colofón de música explosiva imposible de narrar. No habÃa asistido a la mejor función de Tristán e Isolda, pero poco me importaba. En esos momentos no habÃa lugar para la frialdad. Ni para la crÃtica. Era mi primer Tristán y mi comunión definitiva con Wagner. QuerÃa compartirlo. Me habrÃa gustado parar el mundo por un instante y que todos supieran que acababa de vivir algo único. Y sin embargo no encontraba las palabras. Cualquier expresión quedaba muy por debajo de lo que sentÃa. Qué cortas se quedan las palabras a veces, y qué grande es la música.