Ciudades victorianas asediadas por fábricas que escupen humo y hollÃn; monstruosas
máquinas de bronce que silban, resoplan, bufan y traquetean con la ayuda del vapor omnipresente; cientÃficos locos e inventores megalómanos armados con enormes gafas protectoras y llaves inglesas cien veces mejoradas; engendros de la naturaleza y expediciones imposibles; poleas, tuberÃas, tuercas, válvulas, pedales, agujas, palancas, ruedas y engranajes: es el ensordecedor e incansable hormiguero del mundo steampunk.
Inevitablemente relacionado con su hermano mayor el cyberpunk, este género inicialmente literario basa su identidad en la tecnologÃa del siglo XIX, una era -normalmente británica y victoriana- dominada por el vapor y el carbón e iluminada por los primeros pasos de la electricidad. Bien como realidades alternativas en las que los descubrimientos cientÃficos han seguido un camino diferente -el de la mecánica frente a la electrónica-, o bien como relatos del más puro y genuino laissez-faire imperialista, el steampunk se materializa en historias oscuras, distópicas y a veces simplemente nostálgicas de tiempos más poderosos y emprendedores.
Hijo tardÃo de los Voyages Extraordinaires de Verne y los relatos cientifistas de H.G. Wells, el steampunk nacido en los 80 se ha desarrollado durante los últimos años hasta convertirse en lo que algunos consideran un estilo de vida en el que las gafas protectoras (goggles) no pueden faltar. PelÃculas (algunas de menos calidad que otras) como El Cast
illo Ambulante, Wild Wild West o Steamboy, libros como La estación de la calle Perdido o la trilogÃa de La Materia Oscura -en la que los zeppelines son tecnologÃa punta en cuanto a transporte aéreo-, La Liga de los Hombres Extraordinarios (Alan Moore) y El IncreÃble Cabeza de Tornillo (Mignola) en el mundo del cómic e incluso grupos de música como Abney Park o Vernian Process han dado vida a todo un universo que se expande a medida que bebe de otras fuentes -la vasta herencia de Lovecraft como una de las más reconocibles-.
No serÃa extraño descubrir tendencias steampunk en la moda y el diseño del futuro cercano, proceso que ya está asomando la cabeza. Vivimos en unos tiempos que comienzan a revivir los 90, y la absorción de ideas de cualquier sitio -sobre todo si se trata de culturas “alternativas”- es nuestro pan de cada dÃa. Veremos quién será el primero en comprarse una lámpara de queroseno.
Asà describirÃa la pelÃcula “El Orfanato”, del director Juan Antonio Bayona, un filme de terror claramente comercial que si bien consigue mantenernos atentos durante todo el metraje, no abre ninguna puerta nueva al género.
La historia narra cómo Laura (Belén Rueda) vuelve con su marido Carlos (Fernando Cayo) y su hijo Simon a la casa donde se crió de pequeña con la intención de establecer una residencia para niños discapacitados. La casa cuenta con todos los elementos clave para representar el centro de terror principal: grandes dimensiones, varios pisos, antigüedad y situada bien lejos de la civilización. Una vez asentados en su nuevo hogar, empezamos a conocer los juegos de Simon, cuya principal actividad es relacionarse con sus amigos imaginarios, hecho al que Laura y su marido quieren quitar importancia por tratarse de cosas de crÃos. No obstante, los juegos de su hijo cada vez se van haciendo más intensos y “reales”, hasta que Laura comienza a preocuparse y empieza a introducirse en la fantasÃa de Simon.
La cinta está francamente bien rodada, con una fotografÃa y unos escenarios muy preparados que ayudan a entrar en la atmósfera que el director quiere crear alrededor de su historia. Tal vez se perciban altibajos a lo largo de su proyección,
dado que hay diferencias importantes de intensidad en muchas escenas de la pelÃcula, pero en general el interés se mantiene a flote. En cuanto a los intérpretes, creo que Belén Rueda hace un papel sensacional y sin duda lleva todo el peso del filme a sus espaldas a través de una convicción en su personaje que bien merecerá el Goya a mejor actriz. No puedo decir lo mismo del resto de actores que no transmiten nada más allá de su propia aparición en escena. Fernando Cayo se queda bastante corto y en ningún momento resulta muy expresivo, pese a que oportunidades no le faltan.
Seguramente esto tenga bastante que ver con el hecho de que el guión tiene algún que otro agujero insalvable, como por ejemplo la ausencia casi absoluta de profundidad en cómo afecta a la relación de Carlos y Laura la desaparición de su hijo.
En cuanto a los minutos de Geraldine Chaplin se puede decir que resultan a la vez graciosos y extraños. Las escenas de la médium se tornan interesantes al principio pero dejan bastante que desear en cuanto a la resolución de diálogos que se mantiene en las mismas. Aun asÃ, la elegancia que otorga la presencia de esta actriz al filme es en mi opinión, indiscutible.
Por último, cabe destacar que el trabajo de este director está claramente influenciado por ciertas pelÃculas, lo cual no es negativo en absoluto, pero sinceramente espero poder ver dentro de unos años un estilo más personal. El Orfanato se alimenta no sin cierto descaro de captura de ideas y guiños a filmes como “Los Otros”, “Viernes 13″, “Polttergeist”, “The Haunting” o “E.T”. pero siempre de forma magistral.
En conclusión, es un filme que ofrece entretenimiento de calidad a cambio de no mostrarnos nada especialmente original, pero que sin duda representa un fabuloso comienzo para la carrera de este joven director.
Ésta no es una pelÃcula convencional. No te puedes sentar tranquilamente a ver The Rocky Horror Picture Show (a partir de ahora RHPS) sin saber que vas a ver una de las mayores pelÃculas de culto de la historia del cine. Por mi experiencia personal me atreverÃa
a decir que es una de esas pelÃculas de las que o bien no has oÃdo hablar jamás o bien te atreverÃas a abanderarla como máxima representante de su género. Todo el fenómeno que gira alrededor de RHPS es tan increÃble como el propio filme. Y es que ver cómo miles de personas en todo el mundo siguen llenando salas de cine donde se proyecta esta criatura desde hace más de 30 años es, cuando menos, intrigante.
RHPS fue dirigida por Jim Sharman en 1975 (y censurada en una importante cantidad de paÃses) y contó con la actuación entre otros de la gran Susan Sarandon y un genial Tim Curry. Desfilando por el lÃmite del cine de serie B y rindiendo homenaje a los géneros de ciencia ficción y terror desde un particular y satÃrico punto de vista, la pelÃcula termina siendo un musical de lo más variado que deja momentos imborrables en la memoria a ritmo de rock y medias de rejilla.
Una joven y puritana pareja tiene que resguardarse por azar de la carretera en el castillo del Doctor Frank, un amable travesti que reina en la “Transexual Transilvania”. Poco a poco se irán dando cuenta de que el estilo de vida del Doctor y del resto de habitantes del castillo choca frontal e irremediablemente con sus cánones de comportamiento que creÃan tan adecuados. Bailes frenéticos y sexualidades abiertas de todo tipo comienzan a despertar los instintos de la pareja y hacerles replantearse su código moral repetidas veces. Mientras la perversión, la locura y los celos se adueñan de ellos, el Doctor Frank completa su creación definitiva, el hombre perfecto: Rocky.
Perversa, descabellada, original, descarada… pero sobretodo atemporal.
Si nos paramos a pensar, todos podemos hacer una lista de las pelÃculas que nunca nos cansarÃamos de ver una y otra vez, aun conociendo el final, todas las escenas y la mayorÃa de los chistes. La primera vez que vi El Quinto Elemento, no pude fijarme en todas las pequeñas cosas que formaban parte del aparentemente infinito escenario de este futuro ficticio. Cigarros con el doble de filtro, camas que se hacen solas, coches voladores y hermosas camareras vestidas como en las visiones futuristas de los años 70 son el principio de una historia de acción, más que de ciencia ficción: pues las naves espaciales son pocas, pero tiros y explosiones hay de sobra.
Lo más sorprendente del filme, aparte del pelo naranja -y las supuestas cintas térmicas- de Leeloo (Milla Jovovich), el profetizado quinto elemento, es su tendencia a la autoparodia, lo que muchos tomarán erróneamente por humor facilón. Porque lo cierto es que El Quinto Elemento no sobrevivirá al paso del tiempo como un clásico de la ciencia ficción, ni lo busca: las retransmisiones radiofónicas de Ruby Rhod, la hortera opulencia del paraÃso Fhloston, la neblinosa base de los rascacielos de Nueva York, los mercenarios feos y estúpidos y el malo malÃsimo (que responde al nombre de Jean-Baptiste Emanuel Zorg), rastrero y consciente de su condición, entre un larguÃsimo etcétera, jamás intentan aparentar dignidad cinematográfica… ni mucho menos.

Luc Besson dirige un circo totalmente desorganizado, engendrado en la grandeza de los diseños del genial Moebius y muchas veces sacado directamente de escenas de su obra El Incal. Nos ofrece el inevitable choque entre el bien y el mal, defendidos uno y otro por tanta gente a la vez que el héroe (Bruce Willis) y el villano (Gary Oldman) ni siquiera llegan a encontrarse cara a cara. DistopÃa cómica sin ánimo moralista y cargada con un valor visual incuestionable, El Quinto Elemento no nos cuenta nada nuevo pero, si no de otra forma, sà con una relajante indiferencia que deja a cada uno ver lo que quiera en ella.
Suecia medieval. Antonius Block, un caballero, regresa a su pueblo natal tras diez años de cruzadas en Tierra Santa. Y nada más llegar a la costa, se encuentra con la Muerte. El séptimo sello (Det sjunde inseglet) de Ingmar Bergman, si no es demasiado fiel históricamente hablando, es una genial pelÃcula nada recomendable si lo que queremos es desconectar el cerebro delante de una pantalla.
Bergman sitúa, mediante múltiples sÃmbolos, las preocupaciones existenciales de mediados del siglo XX (1957, para ser exactos) en medio de la epidemia de la peste negra que asoló Europa durante el siglo XIV, una época en la que el encuentro con la muerte era diario y existÃan formas más o menos dignas de sobrellevar la inevitable verdad. Antonius recibe la visita de la Muerte (que da una grima razonable), quien accede a jugarse la permanencia del cruzado en la tierra en una partida de ajedrez. Durante esta prórroga, Antonius comenzará la búsqueda incansable del sentido de la vida y tratará de alcanzar la serenidad ante la naturaleza desesperadamente incognoscible de Dios.
El séptimo sello, una producción no tanto histórica como filosófica, no deja precisamente muy buen cuerpo, pero es otro más de esos clásicos obligatorios para los que quieren quedar bien en conversaciones de tinte profundo. Buenos diálogos y grandes imágenes, con el añadido encanto del blanco y negro y el (muy, pero que muy) sutil humor sueco.
Me acostumbré a ver la parte cómica de Woody Allen en pelÃculas como El dormilón, Toma el dinero y corre o Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo, y abordé Match Point esperando algo parecido, a pesar de las advertencias recibidas. Me dijeron que no era la tÃpica pelÃcula de Woody Allen, pero yo seguÃa convencida de que, aun siendo un drama, Match Point tendrÃa alguna conversación de esas tan-de-Woody Allen.
Lo cierto es que la pelÃcula me dejó frÃa hasta la última media hora. Todo apuntaba a que Match Point narraba los pinitos de un ex-tenista profesional, convertido en profesor de club de tenis, entre la alta sociedad londinense. Éste se introduce rápidamente en la vida diaria de una familia bien a través de un alumno, cuya hermana, además de solÃcita y enamorada, parece participar en una carrera con sus amigas de la élite basada en casarse y tener hijos. El tenista (Jonathan Rhys Meyers -gracias, Woody-) no podrá resistirse a los encantos de la despampanante novia (Scarlett Johansson) de su alumno y cuñado, por lo que comenzarán una relación ilÃcita cuyo desarrollo no puede más que empeorar.
Es el desenlace de todo el lÃo lo que hace original a este drama que, en principio, parecÃa tratarse de una pelÃcula bastante simple y, en algunos momentos, lenta. Debo admitir que esperaba un poco más de gracia (que no humor) en los diálogos, aunque a pesar de ello (o tal vez precisamente por esto) refleja con naturalidad las relaciones humanas en la alta sociedad contemporánea, por lo demás carentes de interés para mÃ, siendo sinceros. El contexto, sin embargo, es sólo una excusa para desarrollar una idea sobre el destino y el éxito personal que no deja de albergar cierta ironÃa y que convierte a la pelÃcula en algo más que lo que parecÃa ser.
Me senté en la butaca con la idea de que verÃa una pelÃcula de fantasÃa algo triste. Lo que no sabÃa es que El laberinto del fauno es un auténtico dramón sobre la posguerra e impresentables persiguiendo maquis; una lacrimógena sucesión de injusticias adornada por las apariciones menos frecuentes de hadas, faunos y seres con ojos en las manos.
Con esta introducción se puede suponer que la pelÃcula no me gustó, pero no es asÃ. Lo cierto es que no suelo soportar las pelÃculas que narran tragedias reales porque, asà como evito las pelÃculas asiáticas de terror, no me gusta ir al cine a pasarlo mal. Sin embargo, salà de la sala -aparte de con un nudo en la garganta- admirada por el enfoque que Guillermo del Toro le ha dado a la fantasÃa presente en la pelÃcula. Los seres mágicos no son simpáticos, ni siquiera traviesos o misteriosos: son siniestras criaturas habitantes de un mundo oscuro y antiguo, separado del real sólo por la incredulidad del observador. Los monstruos no son dragones o criaturas peludas de aspecto amigable: sapos gigantes y seres antropomórficos y pellejudos nos transportan al fascinante mundo de la grima mientras nacionales y rojos se matan en el bosque, sin dejarnos respiro entre un mundo y el otro e impidiéndonos discernir cuál es la realidad.
Ofelia, una niña obsesionada por la magia y la fantasÃa, viaja a una casa de campo con su madre, quien está a punto de dar a luz, por orden de su nuevo marido, un capitán del bando nacional que desea que su hijastro nazca donde él se encuentra. Se nos presenta al malo de la pelÃcula con su primera frase: el capitán es un auténtico cafre machista, egoÃsta (y demás -istas asociados) que no dejará de perpetrar salvajadas hasta el final de la pelÃcula. Ofelia se refugia en un mundo mágico al que le introduce un fauno, un arcaico espÃritu de la naturaleza que le revela que ella es la encarnación de la princesa del
mundo subterráneo, que escapó de su reino y perdió su memoria y su derecho a regresar. Ofelia deberá demostrar que es la princesa -lo que acepta encantada y con naturalidad, dadas las circunstancias en las que se encuentra- superando tres pruebas, a cada cual más arriesgada, que trasladan una magia siniestra y desagradable a la casa del capitán. El mundo de fantasÃa presente en el filme no es un mundo lógico y etiquetado: las criaturas tienen un pasado que desconocemos, y sólo la música nos traslada un poco a los tiempos en los que estos personajes eran completos y más reales que la propia guerra civil.
No recomendable para momentos de bajón, El laberinto del fauno consigue, con gran maestrÃa, trasladarnos a la frontera del realismo mágico, al lugar donde fantasÃa y realidad se funden y nos dejan a nosotros la elección de ver lo que es difÃcil de creer. La historia nos dice que la guerra civil fue real, pero el cuento de Ofelia y el fauno es tan real como nacionales y maquis: depende de nosotros decidir si la princesa existió o si fue sólo la fantasÃa de una niña expuesta a la más cruel de las realidades.
Habiendo escrito un artÃculo sobre Cristal Oscuro, no he podido evitar dedicarle otro a la pelÃcula fantástica que realmente me marcó siendo yo pequeña. Se trata de Dentro del Laberinto (Labyrinth), una pelÃcula también dirigida por Jim Henson y protagonizada por el mismÃsimo David Bowie, en el papel de Jareth, rey de los goblins, un hombre de maquillaje andrógino, pelo cardado y mallas que se enamora de Sarah, la heroÃna.
Sarah (Jennifer Connelly) es una chica de gran imaginación, amante de los cuentos de hadas y de las leyendas artúricas, que se ve obligada a cuidar de su hermanastro durante una noche. Harta ya de que el niño no deje de berrear, invoca al rey de los goblins para que se lo lleven y asà conseguir algo de tranquilidad. Lo que parecÃa una frase de un cuento de fantasÃa resulta ser cierto, y de pronto se encuentra con el mismÃsimo Bowie en su ventana diciendo que se dedique a disfrutar de la vida (y de él) ahora que el niño ya no está. Sin embargo, la culpabilidad y cierto aprecio por el niño hacen que Sarah se decida a ir a buscarlo a la ciudad de los goblins en el centro del Laberinto, un lugar interminable plagado de seres extraños, algunos buenos y otros simplemente locos. Sarah tendrá trece horas para encontrar y recuperar al bebé o, de lo contrario, éste se convertirá en un goblin más.
A lo largo de la pelÃcula descubrimos personajes curiosos, algunos que deciden ayudar a Sarah y otros que le impiden llegar a la ciudad: Hoggle, el cobarde y achaparrado ser amante de la bisuterÃa que acompaña a Sarah durante todo el viaje;
Ludo, un monstruo rojo y peludo que es tan tonto como amistoso; o Sir Dydimus, un perro con delirios de grandeza al cargo de la vigilancia del Pantano del Hedor Eterno. El elenco de extraños seres se completa con aldabones parlantes, hadas mordedoras, oráculos con pájaros por sombrero o seres rosados que juegan con sus propias cabezas. Todos ellos harán ver a Sarah que nunca debe darse nada por sentado. Dentro del Laberinto encierra mucho más humor y es algo menos infantil que Cristal Oscuro, y tal vez por esa razón os la recomiendo con más ganas. Las actuaciones musicales de David Bowie también son un gran punto a su favor, sobre todo por el estilo ochentero que rezuma.
El otro dÃa fui al cine motivado por la candidatura de Salvador como representante del cine español en los próximos Oscar. Fui un poco contrariado, ya que pensé que esta pelÃcula no era más que un sobrero sin aspiraciones entre las verdaderas candidatas (Volver y Alatriste), y que por tanto su candidatura únicamente pretendÃa dar un empujón a la taquilla. Confieso que estaba algo equivocado, pero tampoco demasiado. Es decir, que parte de la pelÃcula está a un nivel alto, pero en conjunto le falta muchÃsimo para aspirar a los prestigiosos premios de Hollywood.
Salvador sigue con el estilo de visión realista que pudimos ver hace poco en United 93. La primera mitad es una narración explÃcita, ya que todo se vive en flashback a través de lo que Salvador Puig Antich, protagonista y mártir de la historia, le cuenta a su abogado. Cuando la recopilación de los hechos termina, la vida de Salvador y el curso de la pelÃcula se juntan en un mismo camino.
El problema es que ese cambio de narración llega demasiado tarde. Al director le ha faltado tirar de tijera, y el resultado de la primera mitad es una aburridÃsima secuencia de escenas llenas de diálogos en catalán. Afortunadamente, pasada una hora aparece el verdadero Salvador de la historia, que no es otro que el fin del flashback. Aparece el presente, el ritmo cambia y la trama se vuelve interesante. No es que quedes pegado al asiento, pero el nivel aumenta considerablemente hasta terminar con un final sobresaliente.
En el aspecto técnico hay de todo. Está bien conseguida la oscuridad de la época y del argumento, pero hay varios momentos en que las ganas de ser original se sublevan y destrozan el ambiente. Me refiero muy concretamente a las escenas de bares con bailes de zoom y sobre todo a un paseo en moto digno del videoclip del hijo del Fary. Todo esto no ayuda, y menos si las interpretaciones no pasan de ser correctas. Superior al resto Daniel Brühl (Salvador Puig) en la construcción del personaje, aunque no en los diálogos.
En fin, que salà del cine con un sabor agridulce. La sensación final me invitaba a recomendar la pelÃcula a los cuatro vientos, pero el sentido común me recordaba la primera hora de turre y la mediocridad técnica. Asà no se puede competir en los Oscar…
Me quedo con Volver.
Sofia Coppola, con la gran, gran mancha que le persigue tras su interpretación en la saga de El Padrino, se ha revelado como una directora digna del perdón de los cinéfilos gracias a pelÃculas tan interesantes como Lost in translation o la que da tÃtulo a este artÃculo. Aunque el origen de Las vÃrgenes suicidas es una novela de Jeffrey Eugenides, Sofia Coppola supo otorgar a su adaptación el ambiente y la calidad que el libro se merece, gracias en parte a la genial banda sonora de mano del grupo francés Air.
Las vÃrgenes suicidas es la tragedia de cinco hermanas adolescentes, de 13 a 17 años, narrada décadas después de boca de uno de los chicos que las veneraban en su momento y ahora se dedican a tratar de descifrar el significado de su muerte. Cecilia, Lux, Bonnie, Mary y Thérese Lisbon son cinco estatuas rubias en plena adolescencia, con vidas y pensamientos ocultos tras el velo de castidad impuesto por una inflexible madre fanática religiosa, lo que las hace aún más atractivas a los ojos de los chicos del barrio y del instituto. La tragedia comienza el dÃa que Cecilia, la menor, se suicida lanzándose por la ventana y ensartándose en la verja de su casa. A partir de ese momento, el misterio creado alrededor de las hermanas aumenta, y éstas se convierten en una fortaleza dentro de la cual se encuentra le feminidad adolescente que el narrador y sus amigos tanto ansÃan comprender. Con el suicidio de las otras cuatro hermanas, tras un tiempo en el que son recluidas en su casa sin poder comunicarse con el exterior, el enigma de las hermanas Lisbon alcanza un punto que roza la obsesión para los chicos que las observaron.
Las cinco hermanas son sÃmbolo del fin de la infancia, el comienzo de la perversidad de la adolescencia y del mundo inmenso que se nos abre ante los ojos al llegar a ella. Son cinco frascos de una feminidad pura, joven, recién descubierta y desaparecida antes de llegar al declive de la edad adulta, cinco misterios que son capaces de obsesionar a los chicos que las observaron y estudiaron, a los futuros adultos que seguirán tratando de comprender el significado de una época de la que tan sólo conservan objetos viejos, diarios o conversaciones. Las hermanas Lisbon representan una edad en la que cada sentimiento nos desborda y nos hace sentirnos perdidos ante la inmensidad de nuestro propio sentir. Sofia Coppola y Air consiguen, sin duda, introducirnos en esta sensación de mareo y de misterio que supone pasar de la sencillez de la infancia a los rincones ocultos de la adolescencia.
TenÃa muchas, muchas ganas de ver esta pelÃcula. Ayer, tras debatir con mis amigos a quién le apetecÃa pasar un “mal rato” y a quién no, terminamos yendo dos.
Antes de nada tengo que aclarar que yo no iba al cine con intención de ver una pelÃcula, sino de enterarme de lo que sucedió en ese fatÃdico dÃa en el interior de ese avión. Asà que, aunque es cierto que la interpretación de alguno de los actores no me resultó convincente del todo, vi la pelÃcula como quien ve un documental.

Tal y como yo lo veo, el director acertó de pleno al eliminar los tintes polÃticos de la trama, centrándose mucho más en el aspecto real de la situación. Por una parte vemos el interior del avión, donde gente normal y corriente actúa como tal, y por otra las torres de control, donde trabajadores de varias ciudades se enfrentan a una situación que ni en sus peores pesadillas hubieran imaginado. Si bien es cierto que una vez visto el filme piensas que, de haber actuado con más rapidez y mucha menos burocracia de por medio (”necesito ese permiso para despegar”, “quiero el protocolo de defensa aérea”, “quiero hablar con el presidente”) las cosas hubieran ido algo mejor, hay que remarcar el hecho de que nadie soportó tanta presión ese dÃa como los que tomaron las decisiones. No se puede recriminar nada a la gente que en ese momento estaba al cargo de la situación, pues no puedo ni imaginar la velocidad a la que palpitaron sus corazones cuando vieron estrellarse los dos aviones en el World Trade Center y a la vez sabÃan que eran ellos quienes tenÃan que hacerse con la situación. Por muy cualificados y profesionales que sean, son personas y algo asà desborda a cualquiera.
Por otro lado, hay momentos emotivos en el interior del avión, como cuando muchos empiezan a llamar a sus familiares para decirles lo que está ocurriendo y cuanto les quieren (una mujer llama sólo para decir lo segundo) o cuando se enteran de que no van a pedir un rescate, van a estrellarse contra algún edificio. Destaca el hecho de que no hay heroÃsmos, ni tampoco ese ambiente del “imperio estadounidense” tan tÃpico en Hollywood. Son escenas muy humanas, que retratan una realidad que tuvo lugar en ese avión de forma creÃble y convincente.
Me he quedado con dos escenas del avión. La primera es el momento en el que los tripulantes empiezan a rezar el “Padre Nuestro” y a su vez los terroristas están rezando a Alá. En ese instante me planteé que el hombre tiene una necesidad casi ciega de creer en algo, en lo que sea, y que eso está ligado a nuestra especie de forma muy profunda. La segunda es la mejor escena de la pelÃcula : la lucha por retomar el control del avión. Una vez dentro de la cabina de control hay una lucha desesperada por coger los mandos y la imagen resulta hasta asfixiante, ver como estás a escasos metros del suelo intentando levantar el vuelo y no te dejan, no puedes. Ver que caes en picado. Ver que te impiden salvar la vida. Y sobretodo pensar ¿por qué?
En definitiva, esta pelÃcula no se ha hecho para recriminar nada. Es la historia en imágenes de la determinación que tuvieron unos pasajeros al enterarse de que estaban metidos en medio de una misión suicida.
Ya veremos qué tal le sale a Oliver Stone su World Trade Center.
Recuerdo entrar con mi padre en un antro que rezumaba olor a rancio, una de las oscuras salas de los Multis antes de que los renovaran por completo (ahora da gusto entrar ahà a ver gafapasteces europeas), con una pantalla cubierta de lamparones y los altavoces colgando amenazadores sobre mi pequeño cráneo. Recuerdo ver una pelÃcula en la que unos seres extraños, huesudos y feos como ellos solos proferÃan sonidos escalofriantes, mientras otros seres extremadamente pasivos se pasaban caminando por el campo la hora y pico que duraba la proyección.
Hablo de Cristal Oscuro, una pelÃcula que de pequeña me marcó por sus personajes siniestros (hasta los buenos daban repelús) y por su argumento, un poco complejo para mà en aquel tiempo -ahora bastante simple, son cosas de la edad-. Sin embargo, en la Euskal es difÃcil no bajar cualquier cosa que se te pase por la cabeza (hay que aprovechar esos 10mb por segundo), y Cristal Oscuro fue una de las pelÃculas de mi infancia que recuperé allÃ. Ahora, siendo una mujer hecha y derecha como soy, he podido apreciar el trabajo de Jim Henson (gracias, Jim, los Fraggle han dado sentido a mi existencia durante años) y confirmar de nuevo el gustazo que da ver pelÃculas viejas de fantasÃa.
“En otro mundo, en otro tiempo, en la era de la maravilla, hace mil años, esta tierra era verde y era buena. Hasta que se quebró el Cristal, y un trozo se perdió: un fragmento del Cristal. Asà empezó la profecÃa y aparecieron dos nuevas razas: los crueles Esquexes y los apacibles MÃsticos. AquÃ, en el castillo del Cristal, los Esquexes tomaron el poder.” Un pequeño ser llamado Jen, perteneciente a una raza destruÃda por los Esquexes, los Gelfling, debe cumplir la profecÃa y reconstruir el Cristal. De esta manera los Esquexes y los MÃsticos volverÃan a unirse en un solo ser y se restablecerÃa el orden en el mundo.
La pelÃcula es una sucesión de marionetas de seres fantásticos, algunos más desagradables que otros (los Esquexes siguen dándome la misma grima que cuando era crÃa), y de efectos especiales de la época (1982). Es interesante comprobar los medios de los que se disponÃa entonces (sustitución de la marioneta por un enano en los planos lejanos, entre otros). Si tenéis la oportunidad de ver un clásico como es esta pelÃcula, os la recomiendo. Sobra decir que es todo un icono del cine fantástico, y una buena manera de pasar un rato nostálgico.
Supongo que como en todas las adaptaciones, cuando uno habla acerca de una pelÃcula tiene que advertir sobre si ha leÃdo la novela previamente. Yo no la he leÃdo. Me la mandaron en el instituto, pero en uno de mis contados actos de rebeldÃa contra el sistema decidà no hacerlo. Creo que la insumisión no me ha pasado factura, e incluso me ha venido bien para afrontar esta pelÃcula con más objetividad. Espero que nadie vislumbre aquà un canto contra la lectura; ¡no lo es, lo juro!
Y dicho esto, a lo importante: la pelÃcula me ha gustado, aunque me ha decepcionado bastante en un aspecto. Lo mejor de todo es lo que uno ya se espera: la ambientación. El trabajo de fotografÃa, vestuario y maquillaje es sensacional, y no me cabe duda de que se llevarán de calle los próximos Goya. El trabajo de actores también es muy bueno. Creo que es un lujo contar en una pelÃcula española con un actor internacional como Viggo Mortensen (aunque estoy seguro de que su forma de hablar causará más de una diferencia). Todos están muy bien, destacando Juan Echanove (Francisco de Quevedo), Javier Cámara (Conde Duque de Olivares) y Eduard Fernández (Sebastián) entre los secundarios.
El problema está en lo que queda: el guión. Precisamente uno de los pilares de cualquier pelÃcula. No fallan en absoluto los diálogos entre los personajes; lo que se echa de menos es una historia más hilada. Según he leÃdo, la trama de esta pelÃcula es un resumen de distintos capÃtulos que en la novela están repartidos por los cinco libros. El resultado es que durante las dos horas y media ocurren muchas pequeñas cosas, pero no ocurre una gran cosa. Disfrutas de lo que ves, pero continuamente te preguntas si en ese momento llegará lo gordo.
En cualquier caso, creo que es de agradecer que el cine español haya apostado por una gran producción. En los tiempos que corren rara vez se sale de historias de barrio y pasatiempos baratos estilo Torrente. Alatriste es un paso importante en el buen camino, en el que hoy lidera con holgura el cine de Amenábar. Me refiero a buenas pelÃculas, a las que quedan en el recuerdo por hacer honor a lo que todos llaman séptimo arte.